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En silencio y de puntillas

En silencio y casi de puntillas. Así te fuiste.

Hace unos días emprendiste un nuevo y largo paseo, de esos que tanto te gustaba dar, pero el sendero ahora es diferente. Las baldosas de Triana ya no sentirán tus pasos, ni el kiosco de San Telmo te verá pasar por su lado de regreso a casa, con las manos cogidas atrás, en tu espalda, donde solías ponerlas a caminar; con tu semblante serio, tu camisa y pantalón perfectamente planchados, zapatos brillantes y paso pausado.

Quién ocupará el sofá de la sala de estar con la mano en la cara y los ojos cerrados para descansar un rato. Quién insistirá en pagar la cuenta; quién nos echará esas miradas que hablaban solas, con las que sabíamos si te parecía bien una cosa o no, si podíamos coger una cosa o no, o si estábamos haciendo algo bien o mal. Tu hija Mari se aprendió muy bien esa lección, que lo sepas, y la aplica a la perfección, jeje.

Recuerdo nuestros paseos matutinos del camino al colegio. A veces, parábamos en el estanco que estaba en la calle Canalejas, justo pasando la guardería de El Patito Feo. Allí me comprabas un paquete de papas Munchitos o de palitos, según el día. Quiero darte las gracias, quizás debí hacerlo antes, pero son las típicas cosas que nunca se dicen, no sé si por vergüenza o qué, pero es una pena que no nos atrevamos a decir lo que sentimos sino cuando llega este momento. Gracias por cuidarme como una hija más. Sé que siempre me miraste con ojos de orgullo: tu nieta primogénita. Y ahora me queda una tristeza enorme, pues tu silla quedará vacía el próximo 25 de octubre. Qué orgulloso te hubieras sentido, aunque sé que lo estarás de todas maneras. Ya estabas pensando en hacerme un hueco encima del piano para poner mi foto. ¡Qué grande!

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Se nos fue el patriarca, el único que ponía un poco de cordura en nuestras locas reuniones familiares, jeje. Si, tengo una familia loca, pero también tengo la mejor familia del mundo, la más unida. Y ahora, se queda huérfana. Después de 8 años, ahora te vas, con ella, al fin con ella. ¿Estarás contento eh? Me juego todo a que sí.

Y ahora solo me queda tu imagen grabada en mi mente, tu risa en cada foto, tu “no, ya”… Quienes te teníamos cerca sabemos a qué me refiero.

Gracias Lelo, te quiero.

Carta a Lilo

Sé que es un tópico, pero creo que es totalmente cierto eso de que a los animales se les coge más cariño que a algunas personas. En mi caso, recuerdo que desde que era pequeñita mi pasión hacia todo tipo de animales, en especial a los perrunos y gatunos, desbordaba por cada poro. Cada cumpleaños, cada Navidad, cualquier ocasión era la perfecta excusa para pedir a mis padres una mascota. Nunca me rendí, y al final obtuve mi recompensa.

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Pero empecemos por el principio, pues mi debut como cuidadora de animales no fue precisamente exitoso que digamos. Mi primera experiencia fue con dos tortugas de agua que me regaló mi tía. Harta de escucharme apareció un día con la típica bañerita y las dos susodichas. Me duraron dos días, las empaché: cada vez que veía que no les quedaba comida volvía a ponerles. Tristeza, eso fue lo que sentí. Por fin conseguí tener mascotas y no fui capaz de cuidarlas bien. Tenía 7 años, todo hay que decirlo, jeje. Mi tía me compró otras dos (máaaaasss buena mi tía)… pero misma operación. Desastre.

Cuando por fin nos mudamos a una casa en la que, según mis padres, ya era posible tener una  mascota de cuatro patitas, fui la niña más feliz del mundo. Thor, precioso samoyedo, mi primer perro… nueve meses me duró y esta vez de verdad que no fue culpa mía. Me lo envenenaron, pero eso es una historia que la verdad que no me apetece recordar. 1383875_10153301249780603_1730205714_n

Durante mi estancia en Sevilla cuando cursé la carrera conocí a un criador de perros bodegueros ratoneros andaluz. Un día me dijo que cuando terminara la carrera y me volviera a mi tierra me regalaría uno. Esa es Lilo, mi pequeña bodeguera que ya tiene más de 7 años. Durante los últimos meses, en los que mi vida ha sido un poco caótica en cuanto a residencia se refiere, se ha quedado viviendo con mis padres, pero mañana vuelve a mi y estoy súper contenta e ilusionada con esta nueva etapa. Nueva casa, nueva vida,… Espero que te adaptes bien pequeña.

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“Supongo que será duro separarte de tus compañeros incondicionales de los dos últimos años: tu hija Vera y Anais (gatito lindo). Pero no sé por qué me da que para la peque será más duro, al fin y al cabo tu sabes lo que es estar sola y ser la reina de la casa, pero ella siempre te ha tenido a ti desde que nació hace año y  medio. Tengo que contarte varias cosas. Aquí no hace ese solito que tanto te gusta tomar en la terraza, te lo voy avisando. El tiempo es un poco más frío pero la calle Triana es la monda para dar largos paseos. Además, hay parques para perros, cosa que en el sur no, seguro que te va a encantar.

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Tampoco te dejaré subirte a los sillones, como bien acostumbrada que estás, lo siento. Te he comprado una camita preciosa para que te acuestes ahí. Al principio la casa te parecerá un poco fría, pero verás como te adaptas rápido. En el salón, por las tardes, si abro la ventana entra el solito y creo que enseguida le vas a coger el punto para no perderte ni un rayo. En el piso de arriba viven dos gatos, pero no creo que tengas que toparte con ellos nunca 😉

Respecto a Vera, no te preocupes, vendrá de visita y nosotros iremos a verla también.

Bienvenida Lilo.”

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Por qué lloramos en fin de año…

Buenos días a todos.

Sé que estamos ya a 10 de enero, pero tenía esta entrada pendiente desde hace varios días. Estaba almorzando el día 1 de enero en casa de mis padres y comencé a pensar en la noche de fin de año.

No sé por qué, pero cuando termino de comerme la uva número 12 no puedo evitar mirar a los míos y sentir como los ojos se me llenan de lágrimas mientras les abrazo y pienso en millones de cosas. Y me pregunto, ¿por qué lloramos o nos emocionamos en fin de año?

Lancé esta pregunta a los míos mientras almorzábamos y recibí diferentes respuestas: por el recuerdo de los que no están, por la ilusión de afrontar un año más, por la alegría de ver otro año superado, etc…

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Pero la cuestión es. Y yo, ¿por qué lloro? No me hace falta darle muchas vueltas para descubrir la respuesta, es más, si tardara demasiado en averiguarlo no creo que fuera real lo que respondería. Mi razón para emocionarme es mirar alrededor y descubrir las miradas de esas personas que, pase lo que pase, siempre están ahí. Poder apartar la mirada de mi copa de uvas y cruzarme con los ojos de mis incondicionales, sabiendo que despido un año y doy la bienvenida a otro a su lado, sé que nada podrá ir mal. Es como si en ese momento no importara nada ni nadie más sino ellos, los que están ahí: papá, mamá, hermano y, como no, mi compañero de viaje.

Es cierto también que es inevitable acordarse de esas personas maravillosas que ya no están. Pero he de confesar un secretillo que siempre hago: mirar arriba y picar un ojo, sé que están ahí.

Y tú, ¿lloras en fin de año?

A mi me tocaron los gordos

Como lo oyen, más bien, como lo leen. A mí este fin de semana me tocaron los gordos,  pero no los de la lotería, sino mucho mejor.

Son unos gordos extraordinarios, que me hacen sentir la persona más privilegiada del mundo. Hay gente a la que le toca el gordo una vez en  la vida, incluso dos, pero es que a mi estos gordos me tocaron para quedarse conmigo para siempre.

Son tan tan tan gordos que a veces incluso se ponen pesados, pero esa cualidad sirve también para encontrar un buen lugar acolchadito para apoyarme cuando necesito de mimos y de consuelo.

Imagínense como son, que estos gordos se pusieron  de acuerdo para reunirse y entre todos darme un pedazo de achuchón que casi me asfixio de alegría. Me siento afortunada, pues estos gordos que cuidan de mi son geniales, son confidentes, compañeros, fieles, sensibles, alegres y, sobre todo, incondicionales.

No sé si a estas alturas ya sabrán a que tipo de gordos me refiero, pero ya se los digo yo. Estos gordos son los corazones de todas las personas que tengo en mi vida. Me pidieron unas palabras y cuando me encontré delante de todos no supe que decir, pues bien, aquí las tienen. Miré alrededor y vi mogollón de personas que llevan años en mi vida, familia, amigos (la familia que se elige), había gente nueva, que forman parte de mí desde este año y con la que he compartido momentos únicos, faltaron algunos bien gordos (recuerden que son corazones 😉 ) pero a esos también  los llevo conmigo.

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A todos, gracias. Gracias por hacerme sentir orgullosa y afortunada de tenerlos a todos en mi vida.